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Mentiras que nuestros ojos cuentan





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Isiltzen banaiz|

Hablar sobre ello lo hacía real. Las pesadillas luchaban por alejarlo de mí, enterrándome a demasiados metros del suelo. Recuerdo que solía colarme en tu cama los días de tormenta, asustada, aunque jamás lo admitía por las mañanas. Tú fingías seguir durmiendo y me arropabas entre tu pecho y tus brazos, consolando el temblor de todos mis miedos. El movimiento bajo tu piel me tranquilizaba mientras sonreías fuera de su alcance. Me gustaba pensar que tan sólo me pertenecías a mí en nuestras frías noches de invierno, que sólo importaban mis deseos y que el resto del mundo desaparecía para ti. Me gustaría seguir pensándolo ahora, ahora que tus ojos me miran desde el otro lado del infinito agujero negro que te impide dar el último paso hacia este lado, hacia mi lado. La venganza no consigue rellenar el hueco que cavaste en mi pecho, en mis tripas y en mi alma.

"¡Responsabilízate!", grité, pero el estrellado cielo de primavera no respondió. Nunca lo hacía.

"¡Responsabilízate! ¡Baja y tapa este agujero!".

Decenas de estaciones habían pasado ya, cambiantes, en constante movimiento, pero cada vez que tu invierno marchaba, mis primaveras se hacían más largas, mis ojos húmedos se desangraban con más de tus recuerdos y la culpa en mi pecho perforaba con más profundidad. Ella ya te había olvidado, ellos habían dejado atrás la carga y el resto del mundo seguía girando, pasando por encima de mi estática posición, clavadas mis rodillas en el verde campo donde por primera vez me habías mostrado nuestro lugar en el cielo.

"Baja y tapa este agujero antes de que mis manos vacíen otro pecho en busca de tu luz"
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(Si me callo)

Redactando desde su quebrado rincón,
- Shinju J. J. (05/03/2011), yoroshiku onegai shimasu.

Semilla de oscuridad





No desperté esa mañana. La luz solar llevaba al menos una hora iluminando todo el cuarto, contagiando cada rincón con ese brillante deseo de resplandecer que tan sólo desde ahí arriba podía parecer hermoso. Siempre era cegador, pero mis ojos ya se habían acostumbrado a ello, arrancados de la cadencia del frío nocturno que los astillaba y humedecía. Solamente me quedaba como recuerdo de esta nueva abandonada noche el calor que todavía recorría mi cuerpo al llegar a mi mente imágenes de las lejanas luces de neón de la ciudad, como viejos fantasmas retorciéndose lejos de mi alcance, burlándose de mi inducido insomnio.
Porque corría para seguir despierta. No me poseía ese miedo existencial que obligaba a mi tío a tomar anfetaminas para no enfrentarse a sus pesadillas, ni necesitaba horas extra lejos del mundo de los sueños para realizarme como la histérica de mi prima. Todas esas horas que la gente desperdiciaba durmiendo mi mente las utilizaba, según el psicólogo, para pensar. A mi particular curandero del alma le gustaba tanto hablar que resultaba raro que su trabajo se basara en escuchar los problemas de sus pacientes, ya que desconocía que mientras los demás dormían, yo solamente quería seguir viva unos minutos más. Por eso corría, impidiendo a mis ojos cerrarse, adueñándome de esa parte de mí que mi subconsciente quería manejar a su antojo, alejándola de mi raciocinio y mi realidad. Porque existía, aunque solamente en mi cabeza, esa semilla de oscuridad que otros se negaban a regar, y debía hacerla crecer bajo mi mando, en la dirección que sólo yo sabía que debía tomar.

Por eso no desperté esa mañana. Uno no se despierta si no está realmente durmiendo.








Redactando desde su aplacado rincón,
- Shinju J. J. (24/02/2011), yoroshiku onegai shimasu.

El sueño

La balada de los ángeles caídos
El sueño



Mi sueño empieza con una flor.

No es una flor preciosa, de largos y brillantes pétalos, colores vivos y un olor fresco y agradable a los sentidos. La flor es una margarita. Cae al suelo provocando un ruido ensordecedor que atrae al silencio desde todos sus rincones. La flor desciende en plena oscuridad y aún así puedo verla. Siempre. Con una claridad abrumadora. Pero la flor no cae sola, pues las gotas de rojo escarlata la rodean y tiñen con su amargo sabor metálico. En mi sueño la flor no habla, sin embargo grito hasta desgarrarme la garganta, hasta que mis pulmones se niegan a seguir alimentando ese odio sonoro, hasta que el grito se convierte en una tos imparable que sigue deshaciéndome la voz en sangre. Y sin embargo el grito continúa, en mi interior, débil, lejano, pero insaciable. Mi cuerpo intenta vencer al grito, pero su fuerza aumenta, incesantemente; crece ante mis ojos mientras los recuerdos de todo lo demás siguen disminuyendo. Mi cuerpo se rinde al grito, se dobla, cae al suelo y olvida como levantarse. Sin embargo no existe el dolor. La insensibilidad de mi cuerpo no puede vencer al grito, pero no puede perder ante él. Quiere negarse. Pero pronto deja de ser un sueño y se transforma en pesadilla, desplegando su verdadera naturaleza.

La flor trajo consigo la oscuridad, la sangre y la ausencia total de dolor. La oscuridad que lo envuelve todo como una infinita manta, que no deja paso a la luz, pero tampoco deja que nada salga. La oscuridad no permite que se filtren mis sentidos, no quiere que nada la atraviese, no quiere dejar salir al miedo. Y cada rincón de oscuridad está manchado de sangre, brillante, resplandeciente en la ausencia de luz; sangre que quiere llegar al otro lado pero es retenida. Y mientras ella se queda en el interior, se escabulle mi fuerza, pierdo la noción del tiempo, desaparece de mi vista la realidad. Todo se contagia por la creciente oscuridad, que se extiende teñida de sangre a todas partes bajo el yugo de esa flor que nunca se marchita.

Siempre, en un segundo, todo se detiene, se revuelve y explota. Pero todo sigue igual que antes cuando vuelven a cerrarse mis ojos. Porque Ella siempre vence, domina, desgasta y destruye. Porque nadie es suficientemente fuerte, ni está lo suficientemente cerca para alcanzar mi mano antes de ser sumida en la oscuridad de mi subconsciente.

De repente la vida es demasiado corta, y de repente no merece la pena hacerla más larga.




(Cayendo en mi débil trampa de tentación, he aquí otro fragmento de La balada de los ángeles caídos, es decir, estoy acabada u_u)


Redactando desde su imperfecto rincón,
- Shinju J. J. (10/12/2010), yoroshiku onegai shimasu.

La balada de los ángeles caídos



La balada de los ángeles caídos
La balada




¿Alguna vez has tenido un largo sueño
durante el que tuvieses la certeza de estar soñando
y aún así no pudieras controlar tus actos?
En la realidad no existe pero es tan vívido que te da miedo.
Tu corazón se acelera,
tu piel se estremece al sentir el viento rozarla,
los sonidos son tan claros, los colores tan brillantes,
las sensaciones son tan puras.

¿Has muerto en sueños?
¿Has querido con todas tus fuerzas despertar pero no lo has conseguido?

Tal vez vivas en un sueño del que no logras despertarte.
Tal vez tengas la certeza de que es un sueño
y aún así no quieras detenerlo.
Tal vez el sueño se transforme poco a poco en caos,
tu piel pierda su tacto,
en tus oídos se haga el silencio,
tus ojos se nublen para siempre y tu corazón se detenga de repente
dejando un profundo vacío en su lugar.

Tal vez sea una pesadilla.
Tal vez sea una pesadilla y no quieras despertarte.





(Brevísimo prólogo de una de mis viejas historias, es decir, otro quebradero de cabeza en mi caos personal. No sé si llegaré a subir aquí algo más, pero la reciente sequía de ideas, llamada "anulación" por mí misma para hacerme sufrir más, me ha obligado a buscar en el baúl. Me deseo suerte, porque la necesito)

Redactando desde su febril rincón,
- Shinju J. J. (10/12/2010), yoroshiku onegai shimasu.